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Códigos (de ética) en la inteligencia artificial

Códigos (de ética) en la inteligencia artificial
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Por:

Raúl Ríos

mayo 8, 2022

Por Alejandro Nava Femat, Analista Geopolítico

Ciudadanizar la creación, construcción y evolución de códigos de ética vigorosos y con valores humanistas para la inteligencia artificial (IA) debe ser tarea de todos, una actividad permanente y proactiva de intercambio de ideas, propuestas y experiencias internacionales entre ciudadanos comunes y estudiosos expertos en materias diversas; que vaya en forma paralela y de la mano a la actualización de la innovación para el desarrollo científico y tecnológico, con una visión prioritaria siempre pensada e inducida para el beneficio del ser humano.

Elevar a la potencia la ética como pilar y eje fundamental para establecer las normas morales en el desarrollo de la IA es conjuntamente el espíritu y alma ante el salto cuántico que la humanidad experimenta. Esta poderosa herramienta recolecta todo tipo de datos e información, incluida la personal para alimentarse y llegar no solo a pensar por sí misma, sino poder hacerlo en muchos ámbitos de forma, incluso, más rápida que el mismo cerebro humano, para después interactuar de manera automatizada en áreas diversas; al grado de que el hombre se encuentra en franca competencia contra esta súper inteligencia que hoy ya lo desbanca en una serie de labores y empleos de diversa índole.

Si los alcances de la inteligencia artificial impactan directamente en la vida diaria de la sociedad en su conjunto como leyes, economía, finanzas, empresa, trabajo, alimentación, gobernanza, movilidad, comunicaciones, medicina, medioambiente, seguridad civil y militar; procesa datos del comportamiento humano en forma aleatoria y sustituye en la actualidad algunos puestos de trabajo que los humanos desempeñan, es obligado preguntarnos ¿con qué ética se desarrolla y se manejan los datos e información personal y qué códigos se implementan para el desempeño del los nuevos empleos robotizados?

Para ejemplificar lo anterior y en un ánimo crítico, pero de orden constructivo, tenemos que, en julio de 2019, el prestigiado Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) dio a conocer que su exalumno, el doctor Luis Videgaray Caso, quien fuera secretario de Hacienda y también Canciller de México durante el Gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, se incorporó a esa importante institución de desarrollo tecnológico para encabezar los proyectos de política de inteligencia artificial para el mundo y la iniciativa de Investigación de Políticas de Internet, lo cual ayudará a dar cuerpo a políticas internacionales en materia de inteligencia artificial en el MIT Stephen A. Schwarzman de la Facultad de Informática.

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Lo más probable es que el MIT considerará al doctor Videgaray con las mejores cartas credenciales derivadas de su experiencia en los altos cargos públicos ostentados en México para dirigir los proyectos de política de inteligencia artificial para el mundo, pero en la práctica su comportamiento ético ha quedado maltrecho dada la constante sospecha que lo persigue por una estela de corrupción de cuando fungió como director de Finanzas en el Estado de México, triangulaciones financieras al coordinar la campaña del candidato a la presidencia de la República, su desempeño como secretario de Hacienda que culminó con su renuncia y recientemente acusado de financiar la compra de una planta chatarra de agro nitrogenados a sobreprecios por conducto de instituciones financieras del Estado mexicano, como Bancomext y Nacional Financiera, cuyos consejos de administración eran presididos por él.

La psiquiatría indica que los patrones de conducta del ser humano son repetitivos, por lo que, al caso del doctor Videgaray se refiere, no está exento de repetir esa conducta al dirigir programas tan importantes y estratégicos para la humanidad.

¿Está facultado el dos veces secretario de Estado éticamente para desarrollar e implementar políticas internacionales de inteligencia artificial para el mundo? Desafortunadamente, este caso no ha sido el único. En el Reino Unido, Cambridge Analytica utilizó la recolección de datos de más de 5 mil puntos del comportamiento de alrededor de 50 millones de usuarios de la red social Facebook,
con fines electorales, ocasionándoles una afectación a su privacidad y la peor caída en el valor de las acciones de la plataforma tecnológica de EUA.

Hoy en día, los datos son los bienes más valiosos del mundo, su valor supera el valor del petróleo y, para poner solo un ejemplo, tenemos que de las empresas gigantes tecnológicas de Silicon Valley como Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft (las
joyas estratégicas tecnológicas conocidas como GAFAM) Apple por sí sola ostenta un valor de capitalización de mercado de un billón y medio de dólares; esto equivale a más de la totalidad del PIB de México.

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Los datos además son un insumo estratégico para el desarrollo de la inteligencia artificial, por lo que cuidar éticamente su fuente, integración, procesamiento, almacenamiento y uso debe ser prioritario, que no ponga en riesgo los derechos humanos y evite cualquier tipo de control o monopolio, específicamente de aquellos datos más sensibles como los relacionados con el ADN (ácido nucleico que contiene la información de las características hereditarias de cada ser vivo) los datos clínicos, la comunicación, el armamento militar autónomo y hasta del pensamiento; es decir, ‘hackear’ el cerebro.

Se trata que, mediante códigos de ética robustos, colocar al ser humano por encima de la tecnología y el mercado para impedir que las empresas interesadas en comerciar con nuestros datos personales obtengan la manera de saber lo que hacemos, decimos, y hasta lo que pensamos, con la finalidad de mantener el derecho a la privacidad y evitar así el sometimiento del género humano.

El derecho a la privacidad de los datos debe elevarse de rango y ser considerado como un derecho humano reconocido por la ONU. Debemos de tener el derecho a que la automatización y la robótica estén dotadas y equipadas de conciencia humana, para en la práctica presente y futura evitar que la IA manipule al ser humano y poder distinguir a los humanos de las máquinas en una conversación telefónica para la prestación de un servicio y/o realización de un trámite público y privado.

Esto solo podrá lograrse siendo actores proactivos en la construcción ciudadana global de códigos de ética para el desarrollo de la inteligencia artificial desde lo local; como ya lo hacen en Europa desde su ámbito de competencia, el filósofo alemán Thomas Metzinger, el científico Jürgen Schmidhuber y el neurobiólogo español Rafael Yuste; en Asia, el japonés Tetsuzo Matsumoto, y en Norteamérica, el cosmólogo sueco-estadounidense Max Tegmark con el objetivo de construir un mundo mejor.

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